Capítulo 21

¿Qué? –pregunto totalmente asombrada. –No entiendo nada, Milah.
Dijimos que una cosa a la vez –responde tímidamente.–Vamos despacio, ahora entiendes un poco más.
Se detiene al ver mi cara, la analiza detenidamente y luego suspira profundamente antes de volver a empezar:
Matu, es mi pilar, el que me mantiene con vida, pero no es mi hijo. Antes te comenté que él y mi marido se van a ver a mi suegra los fines de semana... Y si, lo hacen, pero también van a ver a su madre biológica.
Mi marido, es... consiguió la tenencia de Matu, algo que es muy difícil dado que es hombre, pero lo hizo y bueno, en el régimen de visitas quedó expresado que él debe ver a su madre los fines de semana.
Pero... ¿por qué no te separas?
Es imposible, cuando conozcas a mi marido te vas a dar cuenta, es una persona imposible, pero eso mi querida Sicilia, es otra historia.
Y ¿Matías sabe?
Si, claro que lo sabe, él comparte el infierno conmigo, somos cómplices del cuento macabro que creó Sebastián. Poco después de que me enteré que dejó embarazada a una de las chicas con las que salía, naturalmente volví a intentar divorciarme, erróneamente creí que mis padres me apoyarían. Ahí fue cuando comenzó el verdadero infierno.
Empieza a llorar desconsoladamente, y sé que la historia, al menos por ahora, ha terminado. La abrazo fuerte intentando trasmitir todo mi amor hacia ella.
Le tomo la cara con las manos.
Tranquila, tranquila –le repito mientras la beso por todos lados, cómo quisiera poder borrar esas cicatrices que tiene su alma. –Te prometo que el infierno terminó, tu pasado puede haber sido terrible, pero no voy a permitir que te vuelvan a hacer daño, no estás sola. No desde ahora ¿está claro? –le digo en susurros.
Ella asiente mientras las lágrimas siguen cayendo sobre sus mejillas.
En parte agradezco poder tenerla así, en mis brazos, acunándola como a una bebé. Un mes atrás pensé que algo así era imposible. Me juro a mi misma que voy a hacer todo lo que esté en mi poder para que ella sea feliz.
Continúo acunándola, hasta que deja de llorar, le repito una y mil veces todas las virtudes que tiene, y lo hermosa que es, le prometo y le vuelvo a prometer que va a salir de eso, porque estamos juntas y estamos potenciadas. Poco a poco los besos se van haciendo más profundos, en cada uno hay un intento frustrado de eliminar todas las emociones que tenemos dentro. La pasión va aflorando en cada una de nosotras y nuevamente nos entregamos a las garras del amor.
Esta vez es distinto, dulce, profundo, expresando en cada caricia el secreto que nos une. Ahora no sólo somos dos almas que se unen en una sola, ahora, además, somos cómplices.
Al terminar ambas nos abrazamos desnudas y miramos el techo en silencio. No hay mucho que decir. Me recuesto sobre su pecho y puedo sentir el latir de su corazón. Ambas sabemos cómo cambiaron sutilmente los acontecimientos, y me siento en paz. Poco a poco los temores se van apagando, caigo en la cuenta de que si quiero estar al lado de Milah (y lo quiero) depende de mi, de que pueda ayudarla.
La miro a los ojos y le sonrío.
Te quiero –le digo. –Te quiero.
Ella me sonríe, una sonrisa sincera, espontánea, como la de un niño que acaba de abrir un regalo el día de su cumpleaños. Me abraza más fuerte que antes y me besa la frente.
Yo más. – responde contra mi cabello.
Cierro los ojos sonriendo, y así en la cama de una plaza, en la habitación de huéspedes me dejo llevar por el sueño.
Ha sido un día difícil.
* * *
Me levanto temprano, sobresaltada, Milah me tiene abrazada por todos lados, con sus piernas y sus brazos. Miro por la ventana intentando no ponerme triste ya que es nuestro último día de luna de miel, hasta el próximo fin de semana.
En parte lo agradezco, ella entró en mi vida como un huracán, desordenó todos y cada uno de los aspectos de la misma y me va a hacer bien poner las cosas en orden, hablar con mi hermana y Guada... con mis padres, ponerme al día con el mundo.
Me muevo lentamente, no quiero levantarla, por fin ayer se pudo relajar.
Pasamos un día de película, sacando el hecho de que somos mujeres y de que hollywood no está preparado para historias de lesbianas.
Nos levantamos cerca del mediodía, Milah necesitaba descansar luego de la confesión que me hizo en la noche. Almorzamos, fuimos al cine, al parque, a andar en rollers, básicamente fuimos tachando uno a unos los clichés hollywoodenses.
Hicimos el amor tantas veces que me duele la entrepierna, tenemos un acuerdo tácito de hacerlo tantas veces como lo haríamos si pudiéramos vernos durante la semana. ¿Se entiende?
* * *
Milah se levanta, me sonríe de forma insegura, como pidiéndome disculpas por el fin de semana que se acaba, pero a la vez asegurándome que no quiere que eso pase.

La beso tímidamente y me levanto rápido a lavarme los dientes. Sólo disponemos de unas pocas horas, cerca de las 6 de la tarde debería estar llegando su marido y quiero aprovecharlas al máximo. 

Capítulo 20

Me toma de la mano y me conduce hasta la habitación. El corazón me palpita violentamente, mitad por los nervios, mitad por la ansiedad.
Al entrar mira a su alrededor y me indica que me siente en la cama, ella se ubica en una silla y me toma de la mano. No puedo evitar sentirme como una niña caprichosa a la que la van a regañar.
Sonrío tímidamente a modo de aligerar la tensión.
Se que lo que tiene que decirme no es bueno, porque está híperventilando. Decido no presionarla, mejor que se tome su tiempo, ya he ganado una pequeña batalla.
No sé por dónde empezar... –dice al ver mi mirada escrutadora.
Por donde te sientas más cómoda, bebé –acaricio su mano suavemente y ella sonríe, se toma un momento antes de decir:
Recién te conté que soy adoptada...
Si, lo recuerdo –digo luego de ver que, nuevamente, se queda en silencio. Quiero impulsarla a que hable pero sin parecer demasiado pesada. En estos momentos mi necesidad de llegar al quid de la cuestión ha alcanzado cotas inexplorables.
Mis padres son muy estrictos...
Lo mencionaste –contesto con un tono ameno. Ella mira sus manos, no se atreve a levantar sus ojos hacia mí.
Pues... –se sienta sobre la cama, con las piernas cruzadas y vuelve a suspirar. Puedo ver cuánto le cuesta hablar del tema.
Pues... –insisto. –A ver, dime, ¿por qué te cuesta tanto hablar del tema? –Toma una gran bocanada de aire y me dedica media sonrisa. Sigue sin mirarme a los ojos, está concentrada en una pelusa de la frazada, yo le presiono la mano y parece que funciona, pues empieza a hablar.
Porque si mis padres son estrictos, tan estrictos que me tienen controlada a los 28 años, ni te imaginas lo que es mi marido... si se entera...
Milah –le presiono la mano, y la miro a los ojos –puedes confiar en mi, lo sabes. No voy a contarle a nadie, ni voy a juzgar a tu marido por nada de lo que te haya hecho, mucho menos a ti. Te quiero, te quiero como eres... no cambiaría nada de tu ser. Pero entiéndeme, necesito saber, para...–me calla con un beso en la boca y por fin me dedica una sonrisa genuina.
Sigamos con la historia del horror... –dice con un tono resignado. Mira hacia el techo y empieza a hablar, por fin. –Pues, mi marido maneja todo, absolutamente todo lo que sucede en “esta vida”. Creó una historia ficticia de una “princesa” en una casita de cristal que, obviamente, no existe. Yo entiendo que él quiera lo mejor para Matías, pero... –se detiene en seco para luego volver a comenzar. –Cuando perdí a mi bebé, el mundo se me vino abajo, Sebastián y yo nos habíamos casado por la presión de mis padres, a eso súmale que él era de un pueblo pequeño, donde mi embarazo dio mucho de qué hablar... los padres de él también nos presionaban, la sociedad...uf, no nos casamos porque fuese nuestro deseo, ni mucho menos por amor ¿entiendes?
Claro... –digo un tanto confusa.
Y bueno, cuando lo perdí, –al bebé– entré en una depresión muy grande. Imagínate, fue horrible, la etapa mas oscura de mi vida. Y Sebastián, bueno, él hizo su vida... –dice en un susurro. A mi me empieza a entrar calor en las manos, quiero golpearlo, por no estar con ella en ese momento tan difícil...
Después de un tiempo –continúa– yo era muy infeliz. Me volví demasiado rebelde. Imagínate, era una adolescente, que vivía sola, tenía que estudiar, trabajar. Con Sebastián nos fuimos alejando, en realidad nunca “estuvimos cerca”, él se vio abrumado por tener que hacerse cargo de una familia y “dejar atrás la adolescencia” hasta que se convirtió en un completo desconocido para mi.
Me llegaban demasiados rumores de lo que hacía durante el día y la noche, pero la verdad que a mi poco me importaba, nunca llegué a sentir nada profundo por él. Aunque los acontecimientos sucedían demasiado de prisa como para que yo me detenga a pensar si estaba enamorada de él o no (por entonces yo pensaba que si lo estaba...). En ese tiempo buscaba escapar de mi mente sólo unos minutos. No tenía muchas amigas, ya que en el colegio me ignoraban por mi embarazo, mi matrimonio, los rumores de mi marido. Y cuando entré en la universidad estaba demasiado deprimida para hablar con nadie. Estaba sola. A mis padres tampoco podía recurrir ya que cada vez que lo hacía me exhortaban a que perdone a Sebastián, que la Biblia era muy clara en cuanto al matrimonio...
Sici, no te imaginas lo que pasé en esos años...–dice entre sollozos.
Tengo un nudo en el estómago, la abrazo fuerte. Si, me lo imagino, y ¡cómo me hubiese gustado estar ahí para poder acompañarla!, para ofrecerle un hombro. Como deseo tener alguna varita mágica para poder borrar esos recuerdos de su mente.
También quisiera decirle que desde ahora íbamos a crear una nueva historia, a la que no le va a faltar una gota de amor, ni de ternura... pero eso por ahora no era posible...
Le suelto el abrazo, no es momento para ponerse pesimista. Le doy un beso en sus lágrimas y las seco con un dedo. Milah sonríe tímidamente, me aprieta contra ella y da otro suspiro.
Déjame continuar, hay un punto al que quiero llegar. –Puedo ver como, de repente, la necesidad de hablar va creciendo dentro de ella, es evidente que es la primera vez que habla de lo que vivió en esa época y de cuán importante es para ella por fin hacerlo. Sabe que puede confiar en mi, lo sabe, por eso hace esta catarsis. No puedo evitar esbozar una sonrisa ante tal certeza.
Claro. –Le digo sin soltarle la mano. Me recuesto sobre el respaldar de la cama y la miro fijamente, le acario suavemente el pelo y le doy un beso en la frente, luego de eso le hago un gesto que la invita a seguir hablando.
Esos años, eran terribles, viví de todo... viví toda una vida en esos años. A día de hoy no hay nada que pueda sorprenderme, creo que no me quedó nada por ver... te aseguro Sici, que no sucumbí a las drogas de milagro...
Y de repente, no sé cómo, fue como despertar de una pesadilla, me di cuenta que toqué fondo, y cuando ya no puedes caer mas, inevitablemente empiezas a subir.
Un día me levanté positiva, empecé a ver la vida con otros ojos, con otras ganas. Por algún motivo me sentí motivada. Deje de auto complacerme y sentir lástima por mi misma y me hice cargo de mi vida. Sabía que algo bueno iba a sacar si tenía una actitud positiva.
Sebastián, por otro lado, continuó con su adolescencia, no se fijaba en mi, yo sabía que él estaba con otras mujeres... no me importaba en absoluto, aunque me parecía injusto que él pudiera llevar una vida de soltero, mientras yo me escondía en casa. A mi me empezaron a gustar unas compañeras y unos compañeros de la facultad, pero por algún motivo no buscaba avanzar... incluso cuando tenía la certeza de que iba a encontrar un buen recibimiento. Me resonaban las palabras de mi madre que decía que yo debía deberme a mi marido... Creía que si me metía en una relación paralela con otra persona, no era ni ético ni moral y además era injusto, para los tres... todo eso cambió cuando te conocí –me sonríe. Le doy un fuerte abrazo y la beso apasionadamente, ya no está llorando, pero siento el sufrimiento en su voz y quiero mitigarlo de la forma que sea. Quisiera llenar su mente de momentos felices, necesito transmitirle que la comprendo, que imagino como se sintió, pero no sé muy bien cómo hacerlo. La vuelvo a besar y ella me responde el beso, sólo un momento.
Sicilia –dice alejándose suavemente mientras ríe entre dientes. –Déjame terminar y nos abocamos a eso si quieres. –me dedica una sonrisa picarona.
Me pongo colorada. Y sonrío, definitivamente Milah puede leer mi mente.
Si, perdona –le digo, mientras limpio mi boca, fingiendo estar avergonzada.
Pues, ¿dónde estaba? Vamos que me distraes... Ah si. Sebastián. Pues, como te decía él salía todos los días, a veces volvía borracho, no llegó a pegarme, pero si se volvió violento. Yo busqué por todos los medios hacer la convivencia mas llevadera, le fui sincera, le dije que no sentía amor por él y eso lo enfureció. Recuerdo que estaba medio borracho, y nos sentamos en la mesa del comedor, él volvía del bar...
Mis padres le habían abierto uno en el momento en que nos casamos, y como te mencioné, pasaba las noches ahí, tomando. En fin, como te iba diciendo, Sebastián se enfureció cuando le confesé que no lo amaba, creo que porque sabía que no estaba mintiendo, de todas formas, si era posible, la situación empeoró. Yo seguía diciéndole que estaba decidida a progresar y terminar con este cuento bizarro y que nada de lo que pudiera hacer me haría cambiar de opinión.
La situación se fue tornando insoportable, ambos gritábamos, él empezó a romper cosas y luego intentó pegarme, ahí fue cuando dije: basta.
Salí hecha una furia a casa de mis padres, lloraba, verdaderamente tenía miedo. Mis padres estaban asustados por mi aparición, pude ver el miedo y la furia reflejados en sus rostros... pero cuando les dije que había decidido divorciarme, obtuve la respuesta que esperaba: se volvieron locos, me dijeron que tenía que solucionar el problema, ya sabes... que apenas teníamos 22 años (si, lo sé, aguanté bastante), que teníamos una vida por delante, que Dios hizo el matrimonio para toda la vida y después de ella, me dieron el teléfono de un consejero matrimonial y tantos consejos que ya no entraban en la habitación... lo sabía, desde un principio supe que estaba sola, pero siempre había guardado una luz de esperanza.
Luego de unos días fui a donde mi padre biológico, ahí obtuve más contención, pero él no se quería poner de ningún lado y yo tampoco quería obligarlo a que lo haga. Volví a mi casa sabiendo que debería aguantar esta situación por el resto de mis días...
Y ahí quedaste embarazada –me aventuro.

Matías no es mi hijo. –Dice de repente, dejándome totalmente en shock.

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