Capítulo 15
noviembre 12, 2013
A
la una en punto cierro el negocio, Milah ya me estaba esperando en el
auto. Llegamos a su casa y prepara el almuerzo. Propongo ayudarle
pero sólo me deja mirar, su alegría es evidente y me dejo ilusionar
con que el motivo soy yo.
–Deja
todo ahí, a mi me toca ordenar –digo luego de ver el desastre que
armó– Además tengo hambre y si limpias ahora la comida se va a
enfriar.
Asiente
en tono de aprobación y nos sirve pollo con papas al horno.
–Se
te da muy bien cocinar –comento– deberías haber estudiado para
chef, en serio.
Sonríe
de forma evasiva, por algún motivo no le gustó mi comentario. ¿Qué
tiene de malo?
–Estaba
pensando que podríamos ir a dar una vuelta, por el parque.
Normalmente los viernes salgo a correr... –propone. Vaya
pensé
que quería que hagamos otras cosas.
Siento
como el calor recorre mi cara, espero no estar tan colorada, maldita
sea, detesto mi piel transparente.
Me
giro hacia ella y me está mirando. Si, notó mi rubor.
–Podremos
hacer lo otro cuando volvamos –dice con un guiño pícaro en los
ojos.
Me
pongo aún más colorada, si es posible. No digo nada, tengo miedo
que la voz delate mi estado. Me limito a asentir.
Mientras
seco los platos, se acerca lentamente y me abraza por la espalda,
aspira el olor de mi cuello y dice:
–Dios,
hueles exquisitamente bien.
–Tu
igual –le contesto.
–Mmmm
mía
–dice
con una voz seductora.
Me
molesta el comentario, pues es injusto que ella quiera que sea sólo
suya cuando no puede darme lo mismo a cambio. Frunzo el entrecejo,
pero no digo nada, no quiero discutir, apenas nos estamos conociendo.
Me
alejo de su abrazo de forma sutil, de repente estoy molesta, y no
quiero que ella sea el foco del huracán, al menos por ahora.
–Que...–comienza
a decir, pero se detiene cuando siente la puerta abrirse.
Claro,
es la empleada, pensar que a esta misma hora, ayer... parece que pasó
más tiempo, o ¿fue sólo hace unos segundos?, un poco paradójico.
La
empleada entra en la cocina y nos saluda. Es una señora de unos 60
años, con cara dulce, parece una abuela; con su pelo blanco y las
arrugas en su piel, su buzo de lana y pollera oscura. Quizás por eso
me enternece.
Luego
de dejar sus cosas sobre la mesa de la cocina, me mira extrañada, y
luego hace una seña, vaya uno a saber a quién. No puedo evitar
pensar que no le caí bien.¿Me querrá exorcizar?.
–Buenas
tardes señora Gregorovich. –tiene una voz fuerte.
–Hola
Griselda, le dejé anotado en la nevera lo que puede cocinar para
esta noche– dice mientras señala un papel agarrado con tres
imanes.
–Claro,
¿su amiga se quedará a cenar? –pregunta posando sus ojos en mí.
–Si
–contesto tímida.
–Se
quedará todo el fin de semana, Griselda. –Se adelanta Milah,
severa.
Griselda
frunce el entrecejo, y pone una expresión de alarma. ¡Bah!
Digo
para mis adentros, ¿hasta cuándo tendré que soportar la novela de
misterio?
–Sici,
voy a ducharme y luego salimos, puedes esperarme en la habitación, o
en la sala viendo la tele –dice mirándome a los ojos con una
expresión extraña. Como dándome una advertencia.
–Claro
–contesto.
Milah
le hace un guiño con la cabeza a Griselda y sale de la cocina,
directo al baño. Dudo un momento antes de salir, después de todo
Griselda... si quizás... de todas formas...
Pienso
bien mis palabras, pues tengo que tener mucho cuidado de que no
advierta que estoy buscando información.
–¿Hace
mucho que trabaja aquí? –pregunto con una fingida timidez mientras
ayudo a limpiar la mesada.
–Si,
desde poco antes que llegue el pequeño Matías. –contesta
mirándome fijamente. Su mirada me intimida, pero no le doy
importancia.
–Supongo
que estará acostumbrada a cocinar para varias amigas los fines de
semana, dado que los hombres de la casa se van –continúo con el
inocente interrogatorio.
–Pues
no, es la primera vez que la señora Gregorovich trae alguna amiga,
usted sabe... –deja inconclusa la frase, segura de que Milah confió
en mi todos sus secretos.
Así
que no es una costumbre de Milah traer amigas, pues bien, me alegra
saberlo. Sonrío de forma involuntaria, quiero averiguar más...¿por
qué nunca las trajo? Es algo totalmente normal... Decido cambiar de
táctica...
–Habrá
sido todo un espectáculo ver a Milah embarazada... –comento como
quién no quiere la cosa.
Hace
un gesto extraño, involuntario. Eso me pone aún más confusa.
–Pues
si... –dice en tono pensativo. –Supongo que fue un gran
espectáculo...–continúa mirando hacia arriba, hablando para si
misma.
–No
lo comprendo, ¿no la conoció embarazada? –¡Mierda! Mi maldita
bocota, ¿por qué no puedo mantenerme al libreto que había
preparado en mi mente?
–Claro...
¿señorita...?
–Sicilia,
Sici, para todos.
–Pues
si me disculpa Sicilia,
–recalca
mi nombre–
debo ir a lustrar los muebles, quiero terminar temprano.
Cielos,
crucé alguna línea imaginaria. ¡Que frustración! Todo esto me
tiene de los pelos.
–Vaya
Griselda, no quise molestarla.
–No
es ninguna molestia.
Suspiro
resignada mientras digo para mis adentros que ya tuve demasiado
jugando al inspector Gadget por el día de hoy, quizás mañana tenga
más suerte, si es que Griselda trabaja los sábados.
Me
dirijo a la sala y prendo la televisión, pongo un canal de música y
me pierdo en mi cavilaciones. Pongo en orden lo que me dijo la
empleada.
Pues
bien, hay algo raro, pero no sólo eso, sino que también hay como un
contrato implícito, o quizás explícito, donde dice que es un tema
prohibido. Me pregunto que podrá ser tan grave. Tal vez, no es que
sea grave, sino que Milah no tiene la confianza suficiente para
contarme...¿y por qué diablos no trajo amigas?
Hasta
ahora la imagen que tengo del marido es la de un dictador, pobre
Milah, no debe ser una vida fácil con él... ¿cómo es que se
llamaba? ¿Sebastián? ¿Cómo se habrán conocido? Quizás si logro
que se abra conmigo al menos con eso pueda averiguar algo más.
También está la posibilidad de acorralar a Pierina.
¿Qué
tan atada estará Milah con él? La quiero para mi.
De
repente me doy cuenta de que ese es el motivo por el cual estoy tan
ávida de información. Necesito
saber
si algún día podremos ser sólo ella y yo. Saber que existe la
posibilidad, porque está Matías en el medio... Que complicado...
–Vamos
–me sobresalto a escuchar la voz de Milah, me doy vuelta para
mirarla, es como un bálsamo, tiene ese efecto extraordinario en mi,
hace que me olvide de todos los problemas.
–Vamos
–digo sonriendo, poniéndome de pie y tomándole la mano.
0 comentarios:
Publicar un comentario