Capítulo 11
octubre 27, 2013
Milah
está agitada y agazapada a un costado, me mira asustada. Espero que
mi respiración se normalice mientras el arrepentimiento empieza a
invadirme. Quisiera pedirle disculpas, pero sólo me quedo
petrificada, rogando que no esté molesta. La miro fijamente, y en su
mirada sólo veo... ¿amor?.
Abro
la boca para cortar el hielo, pero Milah se pone de pie.
–La
empleada –contesta a mi pregunta no formulada. Mientras se limpia
la boca me dirige una mirada cargada de malicia y sale hacia la
cocina a encontrarse con ella. –Finge un poco. Aquí no ha pasado
nada.
Suelto
un gran suspiro de alivio y resignación cuando la veo desaparecer
por la puerta, la cabeza me da vueltas. ¿Qué mierda hice? Esto está
mal, muy mal, ella está casada y es mujer.
Estoy loca ¿o qué?. Quiero, mas bien, necesito salir corriendo. ¿Y
ahora qué? ¿Cómo sigue esto?
La
mierda santa. Ahora sí que metí la pata hasta el fondo.
No
puedo concentrarme en nada, yo sé que la sociedad cambió y blah
blah blah, pero yo soy demasiado
tradicional... no me molesta ver en la calle a parejas del mismo sexo
de la mano. Pero ¿yo?,
ni en mi sueño mas remoto me hubiese imaginado con una mujer. Y, de
hecho, sigo sin hacerlo.
Además
este beso no significa nada. Nada concreto...
Cierro
mis ojos y subo los pies al sofá, quisiera que vuelva, para ver cómo
se comporta y para intentar adivinar cómo lo ha tomado; pues tampoco
tengo la fuerza que se necesita para enfrentar ésta situación.
¿Desde cuando me volví tan cobarde?
Agito
la cabeza, como hago cada vez que quiero limpiar mi mente de
cualquier pensamiento y miro el televisor con mas atención de la
necesaria, la película ya está terminando y aún desconozco el
argumento.
Puedo
sentir su mirada fija en mi, a pesar de que no he volteado a verla,
sé que ella entró en la habitación. Me tenso notablemente y no me
muevo, ni siquiera un milímetro. Ella toma mi mano, supongo que en
un intento de calmarme, pues la tensión que hay en mi es tangible.
Por
fin me animo a mirarla, las mariposas en mi estómago vuelven a
despertar. Sé que lee la culpa en mi rostro... y de repente me doy
cuenta de que me molesta más el hecho de que esté casada al hecho
de que sea mujer. No puedo evitar sorprenderme ante tal revelación.
En mi mente hay una batalla, sé que lo que hicimos no está bien,
pero se siente
bien. Me pregunto quién ganará. El deber o el placer.
Me
sonríe abiertamente, mostrándome sus dientes blancos perfectamente
alineados. Me quita el aliento.
–No
vayamos a canto –propone. –Quedémonos aquí, puedo hacer la cena
y un postre...
La
idea me tienta, hay mucho de qué hablar, aunque no sé muy bien si
es necesario hacerlo... Las cosas serían mucho más fáciles si yo
supiera qué significó el beso para ella.
¡Que
cobarde! No me animo a preguntarle y... por sobre todas las cosas,
necesito besarla de nuevo.
Pero
no, está casada, está casada, está casada, está
casada.
Repito mentalmente esta frase en vírgenes intentos de hacer que el
deseo se evapore.
–Y
bueno...–dice impaciente, mirándome a los ojos.
¡Mierda!,
cierto que me preguntó algo. Me dijo de faltar, no, no no y no. No
podemos. Hay que ir a clases, además ello ayudará a que despejemos
la mente.
–¿Qué
otras películas tienes?
Me
golpeo mentalmente la frente mientras me pregunto dónde habrán
quedado mi sentido de la decisión y mi sentido de la
responsabilidad.
–Y
no sé, depende de lo que quieras –contesta mientras rebusca en el
estante más películas.
–¿Quieres
seguir en la línea de los clásicos o prefieres una comedia
romántica?
–Comedia
romántica –respondo –¿qué otro género sino?
Sonríe
abiertamente a mi respuesta, pues aunque no lo dije con palabras,
está claro que no iremos a canto. Escoge una película del estante y
la coloca.
–Sólo
hasta que la empleada se vaya... –dice mientras se sienta a mi
lado.
Termina
la película –esta vez si la vemos– y la empleada continúa con
sus quehaceres. El tiempo pasa demasiado rápido, o demasiado lento,
depende del cristal con el que se lo mire.
Decidimos
salir a comprar algo para tomar el té. Vamos a un almacén que queda
a la vuelta de su casa; caminamos muy juntas, nuestras manos casi
chocan y yo hago un esfuerzo tremendo para no tomarla, porque, si
bien, me gusta ir así: rozando su mano en un toque inesperado,
también muero de ganas de entrelazarlas.
Llegamos
al almacén y hacemos la compra, ella está mas alegre de lo
habitual, la miro de reojo mientras me pregunto cuándo mencionará
lo que pasó en su casa. ¿O quizás deba hacerlo yo?
–¿Dónde
están tu hijo y tu marido? –pregunto en el camino de vuelta, es la
primera vez que me atrevo a mencionarlo. Siempre he buscado evitar la
palabra “marido” en nuestra relación.
–Se
fueron a visitar a mi suegra, a Santa Fe, vuelven el lunes –contesta.
La noto un poco molesta pero no sé si preguntar el por qué. Después
de todo, es la primera vez que la charla no se centra exclusivamente
en una de nosotras.
Llegamos
a su casa y ponemos agua para preparar la merienda, yo me siento en
la mesada de la cocina, sin quitarle la vista de encima. Luego de una
pausa voltea a mi y contesta a mi pregunta no formulada:
–Me
quedo porque no la quiero a la vieja y además tengo trabajo, debo
corregir muchos exámenes y bueno, mañana hay clases.
Frunce
el ceño, como si hubiese dicho eso más para ella que para mi.
Siento una necesidad tremenda de besarle la frente y acunarla,
diciéndole que todo va a estar bien, aunque no logro entender qué
es lo que me hace suponer que algo anda mal.
–¿Tu
esposo no tiene problemas con el trabajo? –pregunto de repente,
mientras busco las tazas.
–No,
es dueño de unos bares en Recoleta y Palermo, no tiene drama con las
faltas.
¡Cierto!
Pierina me dijo que su esposo y ella eran compañeros de trabajo.
Bueno, más bien es su jefe, ¿por eso me dijo que tenga cuidado?,
seguramente no quiere tener problemas con él...
–Y
estás enojada porque...–me arriesgo, luego de que ella apague
violentamente la hornalla.
–Porque
Matu falta al jardín. No me gusta que se acostumbre a faltar y ellos
viajan todos los fines de semana. –Entrecruza los brazos en señal
de disgusto y se apoya sobre la mesada, esperando mi respuesta.
Vaya,
mucho tiempo.
Me
pregunto qué hacía antes de invitarme a mí, quizás llamaba a
alguna amiga, o tal vez... ¿seré la primera?. Elimino ese
pensamiento automáticamente de mi cabeza, claro que esto no le ha
pasado antes.
–Creo
que tenemos que hablar –dice finalmente, suponiendo que estaba
pensando en lo que ha sucedido esta tarde.
–Si...
–contesto agachando la mirada.
–¿Quieres
pasar la noche aquí? –pregunta despreocupadamente.
¿Qué?
Como
siempre, me sorprende con sus ocurrencias.
–No
puedo. –Digo al fin.
–¿Por
qué?
–¿Por
qué? –Repito asombrada, mientras la miro fijamente– Porque estás
casada y tienes un hijo.
Se
pone tensa de golpe, puedo ver un brillo de tristeza en sus ojos.
–Es
una larga historia –contesta luego de una pausa. –Matu es...–deja
la frase inconclusa mientras veo como sus ojos se llenan de lágrimas.
No
digo nada, pero me pregunto qué pasó.
–Me
gustaría seguir conociéndote, hay algo en ti...–continúa
intentando recobrar la compostura, en sus ojos se puede ver la culpa
y un atisbo de súplica.
–Está
bien –contesto sin poder resistirme– deja que le avise a mi
hermana.
Me
levanto del sofá, indecisa, no estoy completamente segura de lo que
hago, pero alguna fuerza extraña evita que salga corriendo. Quisiera
comprender por qué está llorando, pero si algo aprendí en este
tiempo que la conozco, es que ella no habla demasiado de sus
problemas.
Busco
mi bolso, que lo dejé sobre la mesa del living, agarro mi celular y
le envío un whatsapp a Pierina:
“Paso
la noche en lo de una amiga”.
No
quiero decirle que esa amiga es Milah, pues creo que voy
comprendiendo el por qué de su advertencia.
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