Capítulo 11

Milah está agitada y agazapada a un costado, me mira asustada. Espero que mi respiración se normalice mientras el arrepentimiento empieza a invadirme. Quisiera pedirle disculpas, pero sólo me quedo petrificada, rogando que no esté molesta. La miro fijamente, y en su mirada sólo veo... ¿amor?. Abro la boca para cortar el hielo, pero Milah se pone de pie.
La empleada –contesta a mi pregunta no formulada. Mientras se limpia la boca me dirige una mirada cargada de malicia y sale hacia la cocina a encontrarse con ella. –Finge un poco. Aquí no ha pasado nada.
Suelto un gran suspiro de alivio y resignación cuando la veo desaparecer por la puerta, la cabeza me da vueltas. ¿Qué mierda hice? Esto está mal, muy mal, ella está casada y es mujer. Estoy loca ¿o qué?. Quiero, mas bien, necesito salir corriendo. ¿Y ahora qué? ¿Cómo sigue esto?
La mierda santa. Ahora sí que metí la pata hasta el fondo.
No puedo concentrarme en nada, yo sé que la sociedad cambió y blah blah blah, pero yo soy demasiado tradicional... no me molesta ver en la calle a parejas del mismo sexo de la mano. Pero ¿yo?, ni en mi sueño mas remoto me hubiese imaginado con una mujer. Y, de hecho, sigo sin hacerlo.
Además este beso no significa nada. Nada concreto...
Cierro mis ojos y subo los pies al sofá, quisiera que vuelva, para ver cómo se comporta y para intentar adivinar cómo lo ha tomado; pues tampoco tengo la fuerza que se necesita para enfrentar ésta situación. ¿Desde cuando me volví tan cobarde?
Agito la cabeza, como hago cada vez que quiero limpiar mi mente de cualquier pensamiento y miro el televisor con mas atención de la necesaria, la película ya está terminando y aún desconozco el argumento.
Puedo sentir su mirada fija en mi, a pesar de que no he volteado a verla, sé que ella entró en la habitación. Me tenso notablemente y no me muevo, ni siquiera un milímetro. Ella toma mi mano, supongo que en un intento de calmarme, pues la tensión que hay en mi es tangible.
Por fin me animo a mirarla, las mariposas en mi estómago vuelven a despertar. Sé que lee la culpa en mi rostro... y de repente me doy cuenta de que me molesta más el hecho de que esté casada al hecho de que sea mujer. No puedo evitar sorprenderme ante tal revelación. En mi mente hay una batalla, sé que lo que hicimos no está bien, pero se siente bien. Me pregunto quién ganará. El deber o el placer.
Me sonríe abiertamente, mostrándome sus dientes blancos perfectamente alineados. Me quita el aliento.
No vayamos a canto –propone. –Quedémonos aquí, puedo hacer la cena y un postre...
La idea me tienta, hay mucho de qué hablar, aunque no sé muy bien si es necesario hacerlo... Las cosas serían mucho más fáciles si yo supiera qué significó el beso para ella.
¡Que cobarde! No me animo a preguntarle y... por sobre todas las cosas, necesito besarla de nuevo.
Pero no, está casada, está casada, está casada, está casada. Repito mentalmente esta frase en vírgenes intentos de hacer que el deseo se evapore.
Y bueno...–dice impaciente, mirándome a los ojos.
¡Mierda!, cierto que me preguntó algo. Me dijo de faltar, no, no no y no. No podemos. Hay que ir a clases, además ello ayudará a que despejemos la mente.
¿Qué otras películas tienes?
Me golpeo mentalmente la frente mientras me pregunto dónde habrán quedado mi sentido de la decisión y mi sentido de la responsabilidad.
Y no sé, depende de lo que quieras –contesta mientras rebusca en el estante más películas.
¿Quieres seguir en la línea de los clásicos o prefieres una comedia romántica?
Comedia romántica –respondo –¿qué otro género sino?
Sonríe abiertamente a mi respuesta, pues aunque no lo dije con palabras, está claro que no iremos a canto. Escoge una película del estante y la coloca.
Sólo hasta que la empleada se vaya... –dice mientras se sienta a mi lado.
Termina la película –esta vez si la vemos– y la empleada continúa con sus quehaceres. El tiempo pasa demasiado rápido, o demasiado lento, depende del cristal con el que se lo mire.
Decidimos salir a comprar algo para tomar el té. Vamos a un almacén que queda a la vuelta de su casa; caminamos muy juntas, nuestras manos casi chocan y yo hago un esfuerzo tremendo para no tomarla, porque, si bien, me gusta ir así: rozando su mano en un toque inesperado, también muero de ganas de entrelazarlas.
Llegamos al almacén y hacemos la compra, ella está mas alegre de lo habitual, la miro de reojo mientras me pregunto cuándo mencionará lo que pasó en su casa. ¿O quizás deba hacerlo yo?
¿Dónde están tu hijo y tu marido? –pregunto en el camino de vuelta, es la primera vez que me atrevo a mencionarlo. Siempre he buscado evitar la palabra “marido” en nuestra relación.
Se fueron a visitar a mi suegra, a Santa Fe, vuelven el lunes –contesta. La noto un poco molesta pero no sé si preguntar el por qué. Después de todo, es la primera vez que la charla no se centra exclusivamente en una de nosotras.
Llegamos a su casa y ponemos agua para preparar la merienda, yo me siento en la mesada de la cocina, sin quitarle la vista de encima. Luego de una pausa voltea a mi y contesta a mi pregunta no formulada:
Me quedo porque no la quiero a la vieja y además tengo trabajo, debo corregir muchos exámenes y bueno, mañana hay clases.
Frunce el ceño, como si hubiese dicho eso más para ella que para mi. Siento una necesidad tremenda de besarle la frente y acunarla, diciéndole que todo va a estar bien, aunque no logro entender qué es lo que me hace suponer que algo anda mal.
¿Tu esposo no tiene problemas con el trabajo? –pregunto de repente, mientras busco las tazas.
No, es dueño de unos bares en Recoleta y Palermo, no tiene drama con las faltas.
¡Cierto! Pierina me dijo que su esposo y ella eran compañeros de trabajo. Bueno, más bien es su jefe, ¿por eso me dijo que tenga cuidado?, seguramente no quiere tener problemas con él...
Y estás enojada porque...–me arriesgo, luego de que ella apague violentamente la hornalla.
Porque Matu falta al jardín. No me gusta que se acostumbre a faltar y ellos viajan todos los fines de semana. –Entrecruza los brazos en señal de disgusto y se apoya sobre la mesada, esperando mi respuesta.
Vaya, mucho tiempo.
Me pregunto qué hacía antes de invitarme a mí, quizás llamaba a alguna amiga, o tal vez... ¿seré la primera?. Elimino ese pensamiento automáticamente de mi cabeza, claro que esto no le ha pasado antes.
Creo que tenemos que hablar –dice finalmente, suponiendo que estaba pensando en lo que ha sucedido esta tarde.
Si... –contesto agachando la mirada.
¿Quieres pasar la noche aquí? –pregunta despreocupadamente.
¿Qué? Como siempre, me sorprende con sus ocurrencias.
No puedo. –Digo al fin.
¿Por qué?
¿Por qué? –Repito asombrada, mientras la miro fijamente– Porque estás casada y tienes un hijo.
Se pone tensa de golpe, puedo ver un brillo de tristeza en sus ojos.
Es una larga historia –contesta luego de una pausa. –Matu es...–deja la frase inconclusa mientras veo como sus ojos se llenan de lágrimas.
No digo nada, pero me pregunto qué pasó.
Me gustaría seguir conociéndote, hay algo en ti...–continúa intentando recobrar la compostura, en sus ojos se puede ver la culpa y un atisbo de súplica.
Está bien –contesto sin poder resistirme– deja que le avise a mi hermana.
Me levanto del sofá, indecisa, no estoy completamente segura de lo que hago, pero alguna fuerza extraña evita que salga corriendo. Quisiera comprender por qué está llorando, pero si algo aprendí en este tiempo que la conozco, es que ella no habla demasiado de sus problemas.
Busco mi bolso, que lo dejé sobre la mesa del living, agarro mi celular y le envío un whatsapp a Pierina:
Paso la noche en lo de una amiga”.

No quiero decirle que esa amiga es Milah, pues creo que voy comprendiendo el por qué de su advertencia.

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