Capítulo 3
octubre 27, 2013
Había
salido a caminar por el parque, necesitaba pensar pues la confusión
iba creciendo dentro de mí. Un día me gustaba, y al otro, al otro
no sabía qué pasaba. Me detengo bajo la sombra de un árbol y me
siento sobre la hierba, la imagen de Julián viene a mi mente
mientras recuerdo el día anterior, cuando me preguntó el por qué
de mi misteriosa distancia. Simplemente no podía hacerle frente, así
como tampoco podía explicar el motivo de mi apatía, pues aún lo
desconocía. A pesar de todo, ambos, en el fondo, sabíamos que no
éramos los mismos, que algo había cambiado.
Mi
vida siempre fue muy cuadrada, muy tradicional. Planeaba casarme con
él, u otro novio. Tener hijos, trabajar; lograr el equilibrio entre
el trabajo y la familia... hacer lo que se supone
que una mujer debe hacer. Y de repente todo estaba boca abajo. Mi
mundo se había dado vuelta, todo estaba completamente de cabeza y,
lo peor, me había agarrado con la guardia baja. No
sabía qué hacer. Todavía
no lograba entender.
Me
recuesto sobre la hierba, mirando el cielo, no es un día caluroso
pero tampoco frío, la gente a mi alrededor grita alegremente,
mientras yo pienso en mi hermana y en cómo cambió nuestro trato; no
sólo me alejaba de Julián, sino que de ella también. Sabía que
algo estaba pasando pero no decía nada; si bien no me preguntaba
directamente por Julián, hacía notar su ausencia. Además todos los
días me sometía a una mirada escrutadora y yo no podía enfrentarla
¿qué le iba a decir? ¿Cómo lo tomaría ella?.
No.
Este
es un camino por el que debía transitar sola, implicando a la menor
cantidad de gente posible.
Mi
humor, por otro lado, estaba muy cambiante- sólo me permitía pensar
en eso que me perturbaba- y cualquier interrupción a mi hilo de
pensamientos no era bienvenido. Notaba como me trataban con mas
delicadeza en un impulso de hacerme notar que no estaba sola, e
invitándome a abrir mi corazón a aquellos que me rodeaban. Pero yo
estaba cegada, lo único que podía hacer era pensar, pensar y
pensar.
*
* *
Mi
vida empezó a girar en torno a ella, su imagen se colaba en mi
rutina sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Representaba un
misterio para mi, era una persona que a penas conocía, pero que mi
mente iba vanagloriando. Pronto la catalogué como un ser mítico. Y
me detestaba por hacer eso.
Había
algo en ella.
No
podía explicar qué era, pero sólo podía calmar la agonía que
sentía... pensando en su sonrisa. No podía evitarlo, por mucho que
me desagrade.
Y
por otro lado ya estaba cansada de darle vueltas al asunto o de
esquivar su imagen. Además tenía la sensación de conocerla de toda
la vida. Mi
hilo rojo,
ya saben, por la leyenda china.
En
algún momento entre un pensamiento y otro, en algún lugar de mi
departamento, me sorprendió el fin de semana; me relajaba saber que,
a pesar de todo, el tiempo seguía corriendo.
Pero
yo necesitaba que llegue el martes, para poder verla, hablarle... y
el tiempo pasaba lentamente.
No
quería quedar con Juli, poco o poco su presencia se hacía más
pesada. Nuestra relación se venía enfriando desde hace mucho, pero
en ese momento tocó fondo. Todos los días debía atarme las manos
para no discutir con él, o para no dejarlo. Aunque, cabe aclarar,
que no lo iba a dejar por esto
-no importa el nombre que tenga- era simplemente que poco a poco fui
entendiendo que mis necesidades cambiaron y que él ya no me podía
satisfacer, ya no me llenaba.
Los
minutos seguían pasando lentamente y no sé si era sueño, hambre o
mis ganas de verla, pero ya por el domingo, mi hermana empezó a
tratarme de forma aún más delicada. Yo por mi parte, sentía dentro
de mí esa necesidad irracional de volver a verla.
Cuando
llega por fin el día martes ya no podía esperar a que sea la hora
de ir clase para entrar en el salón y encontrarme con su presencia.
El tiempo pasaba aún más lento, si eso era posible. Me sentí
patética cuando empecé a contar las horas que faltaban para volver
a verla, mirar el reloj se convirtió en algo automático -una
pequeña parte de mi se odiaba por estar tan pendiente de una mujer-.
Por
fin llegó la hora y salí corriendo a su encuentro, llegué agitada
y despeinada. Me quedé en la entrada buscándola con la mirada...
por fin la divisé a unos pocos metros, hablando con unas amigas.
Y
de repente, mi vida volvió a su eje, las ganas de llorar pasaron, me
sentí revitalizada. Ahí estaba, ella, no tenía ni idea del impacto
que había causado en mi, pero yo le agradecía. Le hice un guiño
con mi ojo y ella me devolvió el saludo de una forma amistosa.
Estaba
como siempre. Hermosa. Sentí
el impulso de besarla.
Alejé esos pensamientos de mi cabeza, la sacudí fuertemente
intentando que salgan disparados en todas las direcciones. No podía
ser.
No.
Era
socialmente incorrecto.
Aquello
que sentía era imposible, además ella nunca se fijaría en una
mujer, lo sé por su forma de ser. Solo que había algo en ella, algo
inusitado que me impedía eliminar algún atisbo de esperanza de un
sopetón y eso producía en mí la misma sensación que produce una
medicina que está haciendo efecto en nosotros.
Aunque
claro, había otra parte de mi ser que agradecía esa
“imposibilidad”, porque de haber sabido que tenía alguna, lo mas
probable es que saliera corriendo. Aunque, ¿no es eso lo que estoy
haciendo?
A
pesar de todo, me veía buscando, sin querer, obtener información
sobre ella. Preguntaba con una fingida inocencia a mis otras
compañeras a qué se dedicaba o cuántos años tenía.
Inconscientemente quería saber si tenía posibilidades, o no, con
ella. Y siempre estaba presente esa dualidad, de querer pero no
querer. Mi cabeza era un auténtico lío.
La
clase fue lenta. La profesora nos ubicó en fila para que uno a uno
vayamos pasando al centro y cantemos lo que habíamos preparado. Yo
estaba distraída, ella se ubicó detrás de mi, demasiado cerca y
podía sentir su aroma sobre mi espalda. Canté mal, debido a los
nervios. Cuando finaliza mi turno me ubico a un costado, ella estaba
por cantar y quería observarla. No obstante, cuando empezó cerré
los ojos para permitirme escuchar esa hermosa melodía.
De
repente me di cuenta de que había tocado fondo, tenía que tomar una
decisión, hacerme cargo de mi vida y afrontar las consecuencias.
La
negación dio paso a la resignación.
Abrí
los ojos, o les saqué la venda que tan delicadamente había colocado
sobre ellos; de una forma extraña y sin que yo pudiera evitarlo, me
estaba enamorando de una mujer.
Y todo sería más sencillo si me atrevía a admitirlo.
Cuando
todo terminó, caminé la distancia que nos separaba, ella estaba
acomodando su bolso para irse, levantó la cabeza y me dirigió una
mirada tierna, le dediqué una sonrisa y la saludé:
– ¡Hola!
¿Cómo estás?– logré decir.
–Bien,
acá renegando con mí marido –. Responde mirando el celular que
empieza a sonar.
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