Capítulo 3

Había salido a caminar por el parque, necesitaba pensar pues la confusión iba creciendo dentro de mí. Un día me gustaba, y al otro, al otro no sabía qué pasaba. Me detengo bajo la sombra de un árbol y me siento sobre la hierba, la imagen de Julián viene a mi mente mientras recuerdo el día anterior, cuando me preguntó el por qué de mi misteriosa distancia. Simplemente no podía hacerle frente, así como tampoco podía explicar el motivo de mi apatía, pues aún lo desconocía. A pesar de todo, ambos, en el fondo, sabíamos que no éramos los mismos, que algo había cambiado.
Mi vida siempre fue muy cuadrada, muy tradicional. Planeaba casarme con él, u otro novio. Tener hijos, trabajar; lograr el equilibrio entre el trabajo y la familia... hacer lo que se supone que una mujer debe hacer. Y de repente todo estaba boca abajo. Mi mundo se había dado vuelta, todo estaba completamente de cabeza y, lo peor, me había agarrado con la guardia baja. No sabía qué hacer. Todavía no lograba entender.
Me recuesto sobre la hierba, mirando el cielo, no es un día caluroso pero tampoco frío, la gente a mi alrededor grita alegremente, mientras yo pienso en mi hermana y en cómo cambió nuestro trato; no sólo me alejaba de Julián, sino que de ella también. Sabía que algo estaba pasando pero no decía nada; si bien no me preguntaba directamente por Julián, hacía notar su ausencia. Además todos los días me sometía a una mirada escrutadora y yo no podía enfrentarla ¿qué le iba a decir? ¿Cómo lo tomaría ella?.
No.
Este es un camino por el que debía transitar sola, implicando a la menor cantidad de gente posible.
Mi humor, por otro lado, estaba muy cambiante- sólo me permitía pensar en eso que me perturbaba- y cualquier interrupción a mi hilo de pensamientos no era bienvenido. Notaba como me trataban con mas delicadeza en un impulso de hacerme notar que no estaba sola, e invitándome a abrir mi corazón a aquellos que me rodeaban. Pero yo estaba cegada, lo único que podía hacer era pensar, pensar y pensar.
* * *
Mi vida empezó a girar en torno a ella, su imagen se colaba en mi rutina sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Representaba un misterio para mi, era una persona que a penas conocía, pero que mi mente iba vanagloriando. Pronto la catalogué como un ser mítico. Y me detestaba por hacer eso.
Había algo en ella.
No podía explicar qué era, pero sólo podía calmar la agonía que sentía... pensando en su sonrisa. No podía evitarlo, por mucho que me desagrade.
Y por otro lado ya estaba cansada de darle vueltas al asunto o de esquivar su imagen. Además tenía la sensación de conocerla de toda la vida. Mi hilo rojo, ya saben, por la leyenda china.
En algún momento entre un pensamiento y otro, en algún lugar de mi departamento, me sorprendió el fin de semana; me relajaba saber que, a pesar de todo, el tiempo seguía corriendo.
Pero yo necesitaba que llegue el martes, para poder verla, hablarle... y el tiempo pasaba lentamente.
No quería quedar con Juli, poco o poco su presencia se hacía más pesada. Nuestra relación se venía enfriando desde hace mucho, pero en ese momento tocó fondo. Todos los días debía atarme las manos para no discutir con él, o para no dejarlo. Aunque, cabe aclarar, que no lo iba a dejar por esto -no importa el nombre que tenga- era simplemente que poco a poco fui entendiendo que mis necesidades cambiaron y que él ya no me podía satisfacer, ya no me llenaba.
Los minutos seguían pasando lentamente y no sé si era sueño, hambre o mis ganas de verla, pero ya por el domingo, mi hermana empezó a tratarme de forma aún más delicada. Yo por mi parte, sentía dentro de mí esa necesidad irracional de volver a verla.
Cuando llega por fin el día martes ya no podía esperar a que sea la hora de ir clase para entrar en el salón y encontrarme con su presencia. El tiempo pasaba aún más lento, si eso era posible. Me sentí patética cuando empecé a contar las horas que faltaban para volver a verla, mirar el reloj se convirtió en algo automático -una pequeña parte de mi se odiaba por estar tan pendiente de una mujer-.
Por fin llegó la hora y salí corriendo a su encuentro, llegué agitada y despeinada. Me quedé en la entrada buscándola con la mirada... por fin la divisé a unos pocos metros, hablando con unas amigas.
Y de repente, mi vida volvió a su eje, las ganas de llorar pasaron, me sentí revitalizada. Ahí estaba, ella, no tenía ni idea del impacto que había causado en mi, pero yo le agradecía. Le hice un guiño con mi ojo y ella me devolvió el saludo de una forma amistosa.
Estaba como siempre. Hermosa. Sentí el impulso de besarla. Alejé esos pensamientos de mi cabeza, la sacudí fuertemente intentando que salgan disparados en todas las direcciones. No podía ser.
No.
Era socialmente incorrecto.
Aquello que sentía era imposible, además ella nunca se fijaría en una mujer, lo sé por su forma de ser. Solo que había algo en ella, algo inusitado que me impedía eliminar algún atisbo de esperanza de un sopetón y eso producía en mí la misma sensación que produce una medicina que está haciendo efecto en nosotros.
Aunque claro, había otra parte de mi ser que agradecía esa “imposibilidad”, porque de haber sabido que tenía alguna, lo mas probable es que saliera corriendo. Aunque, ¿no es eso lo que estoy haciendo?
A pesar de todo, me veía buscando, sin querer, obtener información sobre ella. Preguntaba con una fingida inocencia a mis otras compañeras a qué se dedicaba o cuántos años tenía. Inconscientemente quería saber si tenía posibilidades, o no, con ella. Y siempre estaba presente esa dualidad, de querer pero no querer. Mi cabeza era un auténtico lío.
La clase fue lenta. La profesora nos ubicó en fila para que uno a uno vayamos pasando al centro y cantemos lo que habíamos preparado. Yo estaba distraída, ella se ubicó detrás de mi, demasiado cerca y podía sentir su aroma sobre mi espalda. Canté mal, debido a los nervios. Cuando finaliza mi turno me ubico a un costado, ella estaba por cantar y quería observarla. No obstante, cuando empezó cerré los ojos para permitirme escuchar esa hermosa melodía.
De repente me di cuenta de que había tocado fondo, tenía que tomar una decisión, hacerme cargo de mi vida y afrontar las consecuencias.
La negación dio paso a la resignación.
Abrí los ojos, o les saqué la venda que tan delicadamente había colocado sobre ellos; de una forma extraña y sin que yo pudiera evitarlo, me estaba enamorando de una mujer. Y todo sería más sencillo si me atrevía a admitirlo.
Cuando todo terminó, caminé la distancia que nos separaba, ella estaba acomodando su bolso para irse, levantó la cabeza y me dirigió una mirada tierna, le dediqué una sonrisa y la saludé:
¡Hola! ¿Cómo estás?– logré decir.
Bien, acá renegando con mí marido –. Responde mirando el celular que empieza a sonar.

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